Domingo de Resurrección
La resurrección del crucificado es el contenido central del anuncio cristiano, el pivote donde se asienta la verdad de nuestra fe en Cristo Jesús, el Señor. La estampa evangélica que la liturgia nos ha mostrado hoy habla claramente de ello. Y lo hace de forma singular. Sabéis que en la vida y en el arte son muy importantes los detalles. El Domingo de Resurrección o de Pascua es la fiesta más importante para todos los católicos, ya que con la Resurrección de Jesús es cuando adquiere sentido toda nuestra religión.
La resurrección es el centro de la fe cristiana. Sin embargo, coloquialmente hablando, podemos decir que como resulta difícil de explicar con palabras, porque no puede explicarse tan sencillamente, porque hay que creer en ella, se queda un poco al margen. Sin embargo, se refiere a que Cristo triunfó sobre la muerte y con esto nos abrió las puertas del Cielo. En la Misa dominical recordamos de una manera especial esta gran alegría. Se enciende el Cirio Pascual que representa la luz de Cristo resucitado y que permanecerá prendido hasta el día de la Ascensión, cuando Jesús sube al Cielo.
La Resurrección es la gran noticia cristiana: la vida vence a la muerte, la esperanza vence al miedo, el amor vence al odio. Nada está definitivamente perdido. Siempre es posible renacer. Dios apuesta por la vida, especialmente la más frágil. La Resurrección no es solo un acontecimiento del pasado: sucede hoy allí donde alguien vuelve a confiar, a amar, a levantarse.
En el evangelio se nos presenta cómo el sepulcro está vacío. María Magdalena es la primera en acudir al sepulcro y lo encuentra vacío. Simón Pedro y Juan echan a correr hacia el sepulcro y encuentran las vendas en el suelo. Jesús está vivo. Ya no necesita trajes de muerto. Dios lo ha resucitado, ha cumplido su palabra. Dios habla definitivamente llevando a Jesús a la plenitud de la vida y eso es garantía de que con nosotros hará lo mismo y, especialmente, con aquellos que sufren. Dios resucita a un crucificado, no lo olvidemos.
Si vamos a nuestra vida, y analizamos qué nos aporta a nosotros la Pascua podemos comenzar por un detalle curioso que está en el evangelio. La Magdalena madruga para ir al sepulcro. Nosotros podemos seguir amodorrados en lo antiguo, al calor del candelabro de siete brazos y bien amarrados al encorsetamiento de las leyes y buscando, un cuerpo, un sepulcro, una imagen… en vez de en la libertad del amor universal que reina en Galilea. En general, nos resulta más fácil buscar a Dios donde hay pena que donde hay alegría, donde hay prohibición que donde hay libertad, en las lágrimas mejor que en las risas, en los ayunos y sacrificios cuaresmales que en un brindis por un reencuentro; en los cilicios que en los pasteles. Si esto es cierto, la resurrección sólo sirve para vender velas y cambiar manteles. Es mejor seguir comiendo pipas mientras esperamos la siguiente procesión. Es mejor continuar con la religión del cumplimiento, rebuscando en los armarios fúnebres para ver si encontramos un traje que nos sirva y nos permita permanecer tan felices en lo antiguo.
Lo específico de la Pascua no es lo que Dios hace con un cadáver sino lo que hace con una víctima, se trata de un crucificado que vive. Por esta razón, el hecho de la resurrección, tiene que ser para nosotros una fuente de esperanza, de libertad y de gozo en el seguimiento cotidiano de Jesús, que nos ha abierto la puerta de la vida. La esperanza no puede dejarnos tranquilos sino inquietarnos en la lucha por un mundo mejor. La libertad nos ha de fortalecer en el camino del amor sin límite frente a nuestros miedos y egoísmos. El gozo nos permite luchar contra los horizontes sombríos, la tristeza, la oscuridad, la estrechez de los sepulcros y el corsé de los cumplimientos.
Puede que a poca gente le importe la resurrección pero es la palabra más importante del diccionario cristiano, junto con la encarnación. Hoy comenzamos el Domingo entre los domingos, el gran Domingo. Cada eucaristía ha de ser para nosotros una fuente de alegría, pues ya no hay sepulcros, ni separaciones, ni tinieblas. Dios ha resucitado a su Hijo y su luz resplandeciente nos ilumina y nos acompaña siempre. Nuestra misión: disfrutar de esta alegría compartiéndola con todos.


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