San Pablo Ermitaño (o San Pablo de Tebas)
San Pablo el Primer Ermitaño (San Pablo de Tebas) es muy querido por los Padres Paulinos . Vivió mucho antes de la fundación de la orden, por lo que no fue el fundador de la orden que lleva su nombre. La vida de San Pablo el Primer Ermitaño escrita por San Jerónimo de Estridón con un comentario del Padre Casimiro. Redactada como una Vita, la cual es una forma particular de literatura que marca una transición desde los actos de martirio hasta escritos más hagiográficos que buscan inspirar y edificar a los cristianos. No es una biografía en el sentido moderno, sino que se escribe con un propósito específico, con el objetivo particular de inspirar. No está exenta de hechos históricos, pero utiliza diversos símbolos e imágenes para ilustrar su significado. La Vita presenta un nuevo tipo de héroe para un nuevo tipo de cristiano que vive en una nueva era, que, entre otros, incluye al propio Jerónimo.
Este santo forma parte de los denominados ‘Padres del desierto’ o ‘Padres del yermo’. La forma de vida de este santo, original de Tebaida (Antiguo Egipto), se convertiría en fuente de inspiración para muchísimos otros cristianos a lo largo de la historia, quienes -como él- buscaron a Dios lejos del ruido y la frivolidad de las ciudades. El cristianismo ya había visto con beneplácito el desierto, los bosques apartados o las montañas escarpadas en los tiempos de persecución; por lo que estos se habían convertido en lugares “familiares” para quienes deseaban vivir su fe: habían sido refugio u oasis en los momentos más difíciles.
Con el tiempo, la influencia de Pablo de Tebas en la cultura cristiana fue tal que todo aquel que adoptaba el aislamiento como camino para crecer en el espíritu empezó a ser llamado “ermitaño”.
San Jerónimo de Estridón, en el siglo V, consignó el año 228 como el del nacimiento del santo y a Egipto como su patria; señalando así mismo que habría quedado huérfano muy pequeño, a la edad de 14 años.
Ante la disyuntiva de renunciar su verdadera fe o sufrir torturas, Pablo tomó camino alternativo y decidió esconderse. Denunciado por un cuñado ante las autoridades, tuvo que huir al desierto y refugiarse en unas cavernas.
Su vivienda era una cueva, cavada en la roca cerca de una fuente de agua y una palmera, cuyas hojas le proporcionaron vestimenta. Los dátiles eran su principal alimento y cuando faltaban, según la leyenda, un cuervo le traía un trozo de pan.
Antes de morir, tras casi 90 años en el desierto, San Pablo recibiría su primera visita. El relato que nos ha llegado cuenta que San Antonio Abad se sintió tentado a creerse el primero y el más grande de los eremitas. Sin embargo, Dios le reveló en sueños que había otro. Así pues, San Antonio, ya de edad avanzada, partió en busca de San Pablo. El relato incluye algunos sucesos fantásticos que le sucedieron durante esta búsqueda y que, de una forma u otra, simbolizan las pruebas, tanto físicas como espirituales, del desierto.
Una vez que encontró a San Pablo, pasaría algún tiempo antes de que este lo admitiera en su cueva. Algo que parece mucho menos extraño cuando nos damos cuenta de que era una práctica común que un maestro espiritual dejara que quien lo buscaba esperara afuera para comprobar la seriedad de su búsqueda.
Tras una disputa sobre quién tendría el honor de partir el pan, y ese día el cuervo trajo una hogaza entera, San Pablo le reveló a San Antonio que sabía que vendría justo antes de morir. Para aliviar el dolor de su huésped al enterarse de su inminente muerte, le pidió que lo enterrara con el manto que San Atanasio le había regalado.
San Antonio, sorprendido por el vaticinio y el pedido, fue a traer el manto. Al regresar, se encontró con que Pablo ya había muerto; sin embargo, alcanzó a contemplar cómo el alma del santo se elevaba al cielo, rodeado de ángeles, bajo la mirada de los apóstoles desde lo más alto.
En la cueva yacía el cadáver del ermitaño, de rodillas, con los ojos mirando al cielo y los brazos en cruz. Pablo había muerto en oración. La tradición señala que llegaron dos leones del desierto que cavaron un hoyo en el que San Antonio puso el cuerpo del santo, cubriéndolo con el manto de Atanasio.


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