Santa Ángela de Foligno
Santa Ángela de Foligno nació en una familia noble de Foligno, ciudad de la región de Umbría (Italia), cercana a Asís. En los primeros años de su vida llevó la vida corriente de una mujer de su época, dedicada a su marido y a ocho hijos y con escaso interés por la religión cristiana.
Santa Ángela de Foligno fue una mujer viuda que llegó a ser una religiosa terciaria franciscana italiana que llegó a ser conocida como una mística por sus extensos escritos sobre sus revelaciones místicas. Debido al respeto que se ganó en la Iglesia Católica, ella es conocida como “Señora de los Teólogos”. Santa Ángela tuvo profundas experiencias con la Pasión de Cristo.
Santa Angela de Foligno es una de las místicas más famosas de la Iglesia en la Edad Media, junto a Santa Catalina de Siena y Santa Catalina de Génova.
Vivió su infancia y juventud como una mujer orgullosa, vanidosa, poco piadosa y dedicada a la vida mundana. Se casó muy joven y tuvo varios hijos. Poseía riquezas, castillos, lujos, joyas y fincas, pero nada de esto la hacía feliz.
A la edad de 35 años, murieron sucesivamente su madre, su esposo y sus hijos. En medio de esta inmensa pena, Angela recurre a Dios, va a la iglesia y escucha la prédica de un sacerdote franciscano y se da cuenta de su error. Pidió confesarse y luego decidió hacerse terciaria franciscana. Se dirigió en peregrinación a Asís, y en una visión San Francisco le pide vender todo lo que tiene, darlo a los pobres, y dedicarse a meditar en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
Santa Angela vendió todas sus posesiones menos un castillo que estimaba muchísimo. Poco después, en una visión oye decir a Cristo crucificado preguntarle: "¿Por amor a tu Redentor no serás capaz de sacrificar también tu palacio preferido?".
Esta vez decidió vender absolutamente todos sus bienes, reparte el dinero entre los más necesitados, y se dedica a una vida de contemplación.
Fue tan grande el amor que tuvo hacia la Pasión y Muerte del Señor, que le bastaba mirar una imagen de Jesús doliente o escuchar hablar del sufrimiento de Dios para que se enrojeciera su rostro y quedara como en éxtasis.
Murió el 4 de enero de 1309 conformada plenamente con el Señor.
Muchas veces, nuestras vidas están llenas de castillos que no queremos vender y que nos impiden gozar de la felicidad que Dios nos ofrece. Que el testimonio de Santa Angela de Foligno nos ayude hoy a desprendernos un poco más de esas ataduras que nos alejan de la verdadera felicidad.
Nacida hacia 1248 en una familia pudiente, quedó huérfana de padre y fue educada por su madre de forma superficial. Fue introducida muy pronto en los ambientes mundanos de la ciudad de Foligno, donde conoció a un hombre, con el que se casó a los veinte años del que tuvo hijos. Su vida era despreocupada, hasta el punto de que se burlaba de los penitentes. Muerto su esposo e hijos, escuchó a un Fraile predicar y comenzó su conversión. Siguiendo las huellas de San Francisco, se entregó por completo a Dios y confió a su propia autobiografía profundas experiencias de la vida mística.
La frivolidad y despreocupación de la juventud fueron alteradas en el lapso de pocos años por una serie de eventos: el violento terremoto de 1279, un huracán impetuoso y luego la larga guerra contra Perugia llevan a Ángela a interrogarse sobre la precariedad de la vida y a advertir el temor del infierno. Nació en ella el deseo de acercarse al sacramento de la penitencia, pero – cuentan las crónicas – “la vergüenza le impidió realizar una confesión completa y por esto se quedó en el tormento”. En oración obtiene de san Francisco de Asís la aseguración que dentro de poco habría conocido la misericordia de Dios.
Ángela regresó al confesionario y esta vez se reconcilió totalmente con el Señor. A la edad de 37 años, no obstante la hostilidad de sus familiares, tuvo inicio la conversión en el signo de la penitencia y de la renuncia a las cosas, a los afectos, a sí misma. Después de la muerte cercana y prematura de su madre, del marido y de sus hijos vendió todos sus bienes distribuyendo lo recaudado entre los pobres. Dirigiéndose en peregrinación a Asís tras las huellas del Pobrecillo, en 1291 ingresa a la Tercera Orden de San Francisco, confiándose a la dirección espiritual de fray Arnaldo, conciudadano y consanguíneo, que luego se volvió su biógrafo, autor del célebre “Memorial”. En este texto las etapas de la vocación de Ángela y sus constantes éxtasis y experiencias místicas, culminadas en la inhabitación en el alma de la Santísima Trinidad, están sub divididas en treinta “pasos”. “He visto una cosa plena, – contaba al confesor a propósito de la visión del Dios Trino – una majestad inmensa, que no sé decir, me parecía que era todo bien. (…) Después de su partida, comenzaba a gritar fuerte (…) Amor no conocido ¿por qué me dejas?”. El juvenil temor de la damnación dejó rápidamente lugar a la conciencia de no poderse salvar por los propios méritos, sino, con ánimo arrepentido, solo a través del infinito amor misericordioso de Dios.
A la constante dimensión orante, explicada de manera especial en la adoración eucarística y en la oración, Ángela siempre agregó la actividad caritativa al lado de los últimos, asistiendo con ternura a los leprosos y a los enfermos, en los cuales veía al Cristo Crucificado. Conocida ya en vida como Magistra Theologorum, promovió una teología basada sobre la Palabra de Dios, sobre la obediencia a la Iglesia y sobre la experiencia directa de lo divino en sus manifestaciones más íntimas.
Involucrada con pasión en las controversias que laceraban el orden franciscano, Ángela atrajo alrededor de su persona a un cenáculo de hijos espirituales que veían en ella a una guía y a una verdadera maestra de fe: por este motivo su figura encarna uno de los modelos del genio femenino en la Iglesia. Ya antes de su muerte, el 4 de enero de 1309, le viene atribuido por el pueblo, en manera no oficial, el título de santa. El 9 de octubre de 2013 el Papa Francisco cumplió lo ya iniciado por sus predecesores canonizando a Ángela de Foligno por equivalencia.




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