¿Quién es Dios?: Un acercamiento de un joven católico

 La comprensión de Dios en la fe católica comenzó con la experiencia fundante de Israel, narrada en el Génesis, donde Dios es presentado como creador, origen de todo lo que existe y fuente del bien (Biblia de Jerusalén, 1998). En esta etapa primitiva, nombres como El, Elohím o Adonai expresaban atributos como la fuerza, la cercanía y la majestad divina. Dios se revela como alguien que llama y establece alianza, un Dios que forma un pueblo para sí y que orienta la historia hacia un propósito de vida, un Dios que es amor y misericordia. (Génesis 1,1; Génesis 15,2; Salmo 8,1)

La teología clásica enseña que los atributos de Dios no son partes ni cualidades añadidas a su ser, sino la expresión misma de su esencia infinita y simple. Por eso, cuando hablamos de su bondad, omnipotencia, belleza, eternidad o infinitud, estamos nombrando distintos aspectos de la única realidad divina, que es absoluta, perfecta y sin composición. Dios es espíritu puro, increado, eterno, inmutable y único; su existencia no depende de nada, y todo cuanto existe depende de Él para ser conservado y para alcanzar su finalidad (D’Apice, 2025).


En su libertad, Dios obra como quiere en la creación y en la historia: crea por amor, sostiene por su providencia y redime por misericordia. Su omnipotencia no es una fuerza arbitraria, sino la expresión eficaz de su voluntad de bien. Así también, su bondad se comunica tanto en la existencia misma de las criaturas como en todos los bienes naturales y sobrenaturales que Él concede. De su santidad brotan su fidelidad y su imposibilidad de hacer el mal; y de su benignidad, su modo de derramar gracias sobre todas las criaturas, especialmente sobre el ser humano (D’Apice, 2025).


Con el paso de los siglos, los profetas profundizaron la imagen de un Dios misericordioso, justo y defensor del pobre, sembrando la intuición de un amor que supera todo límite humano. Esta progresiva revelación anticipó la plenitud manifestada en Jesucristo. El Nuevo Testamento, usando los términos griegos Theós y Kyrios, presenta a Jesús no solo como maestro, sino como Señor, revelación definitiva del rostro de Dios. Cristo permite entender a Dios como comunión, como un amor que se entrega y salva.

En los primeros siglos, la Iglesia buscó expresar este misterio con fidelidad. Los Padres, particularmente San Agustín, explicaron que Dios es “más íntimo a mí que mi propia intimidad”, un Ser absoluto que trasciende todo y, a la vez, se derrama en el corazón humano (Agustín, Confesiones). Su visión destacó que conocer a Dios es un camino interior: cuanto más el hombre se abre a la verdad, más descubre al Dios que lo habita y lo sostiene.

Durante la Edad Media, Santo Tomás de Aquino dio forma sistemática a la comprensión racional de Dios. Explicó que todo cuanto existe depende de un Ser necesario, causa primera y fundamento de la realidad (Pègues, 2023). Dios es acto puro, perfecto, infinito, y su existencia puede ser reconocida por la razón, aunque solo la fe permite conocerlo plenamente. Su pensamiento consolidó la armonía entre fe y razón, mostrando que el Dios de la Biblia no contradice la inteligencia humana, sino que la eleva.

Los franciscanos, especialmente San Francisco de Asís y San Buenaventura, enriquecieron esta visión al presentar a Dios como amor humilde y cercano, accesible en la belleza de la creación. En su espiritualidad, Dios no solo se contempla, sino que se “experimenta” en cada criatura como un reflejo de bondad. Para ellos, la creación no es algo neutro, sino un camino para amar a Dios con sencillez y gratitud.

Más tarde, los jesuitas, siguiendo a San Ignacio de Loyola, profundizaron la experiencia de un Dios que actúa en la historia y en la vida cotidiana. Su espiritualidad enseñó a “buscar y encontrar a Dios en todas las cosas”, expresando una fe dinámica que impulsa a transformar el mundo desde la justicia y el discernimiento. La noción ignaciana de que Dios se comunica personalmente con cada persona abrió nuevas formas de comprender su presencia viva.

En el siglo XIX, el Papa León XIII reafirmó la armonía entre fe y razón, convocando a volver al pensamiento de Santo Tomás y al estudio riguroso de la teología. Su magisterio defendió la dignidad humana, la justicia social y el papel de la Iglesia ante los desafíos de la modernidad, mostrando que la idea cristiana de Dios exige compromiso con la verdad y la caridad en la vida pública.

El Concilio Vaticano II ofreció una síntesis renovadora: Dios es Padre misericordioso, cercano a la humanidad y presente en sus gozos y sufrimientos (Gaudium et Spes, 1965). El Concilio mostró que la revelación divina no es un conjunto de ideas abstractas, sino una relación viva que invita a la santidad y a la fraternidad universal (Concilio Vaticano II, 1965a). Presentó a la Iglesia como sacramento de salvación, llamada a dialogar con el mundo sin perder su identidad (Concilio Vaticano II, 1965b).

Finalmente, el Papa Francisco retoma estas líneas en clave contemporánea: Dios es ternura, compasión y esperanza para un mundo herido (Francisco, 2013). Insiste en que la fe no se encierra en teorías, sino que se encarna en gestos concretos de misericordia, justicia y cuidado del planeta (Francisco, 2015). Así, para el católico actual, la idea de Dios es fruto de una larga historia: un Dios que crea, libera, acompaña, educa y redime; un Dios que sigue llamando al corazón humano con amor incesante.

Según la síntesis tomista, todo lo que existe y no es Dios depende de un ser cuya existencia es necesaria. Ninguna criatura existe por sí misma, pues todo ser contingente necesita una causa que le otorgue existencia (Pègues, 2023). De ahí que, si Dios no existiera, nada existiría. La realidad misma es testimonio de un fundamento absoluto que sostiene todo lo creado.

"Este fundamento es Dios, el Ser espiritual que existe por sí mismo y que comunica el ser a todo lo demás. Según Santo Tomás de Aquino, aquello que depende de otro no puede ser causa de sí mismo; por ello, debe existir un Ser necesario que sea causa primera de todo lo que existe" (Aquinas, 2014).


Aquinas, T. (2014). Suma Teológica (H. D. García, Trad.). Biblioteca de Autores Cristianos. (Obra original publicada entre 1265 y 1274).

Biblia de Jerusalén. (1998). Desclée de Brouwer.

Concilio Vaticano II. (1965). Gaudium et Spes. Librería Editrice Vaticana.

Concilio Vaticano II. (1965a). Dei Verbum. Constitución dogmática sobre la divina revelación. Libreria Editrice Vaticana. https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html

Concilio Vaticano II. (1965b). Lumen Gentium. Constitución dogmática sobre la Iglesia. Libreria Editrice Vaticana.

https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html

Francisco, P. (2015). Laudato Si’. Librería Editrice Vaticana.

Francisco, P. (2013). Evangelii Gaudium. Librería Editrice Vaticana.

León XIII. (1879). Aeterni Patris. Librería Editrice Vaticana.

Pègues, T. (2023). Catecismo de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino. Grupo Editorial Éxodo.

Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad. (1993). Directorio para la Catequesis. Librería Editrice Vaticana.

San Agustín. (2000). Confesiones. Biblioteca de Autores Cristianos.

Santo Tomás de Aquino. (2012). Suma Teológica. Biblioteca de Autores Cristianos.

Vaticano. (2024). Documentos y recursos teológicos oficiales. Librería Editrice Vaticana.

D’Apice, G. D. (2025, 10 noviembre). Los atributos de Dios. Catholic.net. https://es.catholic.net/op/articulos/33509/cat/840/los-atributos-de-dios.html#modal



Comentarios

Entradas populares de este blog

Los Milagros Eucarísticos de Buenos Aires (1992, 1994 y 1996)

San José María de Yermo y Parres

Sábado de Pasión, víspera del Domingo de Ramos